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Códice · Psicología
Psicología · Capítulo 28 · Jacob: poder y represión

Se enrolló la correa en el puño

La violencia como único lenguaje del retraso; golpear a quien no se defiende
El momento en el texto · Capítulo 28
“La correa estaba en su mano. Al entenderlo, Jacob no la soltó. Se la enrolló en el puño.”

Craig ve a Jacob en el vano y hace lo que ha hecho cientos de veces: se endereza, suelta el cuello, le busca la mirada: «¿adónde?». «A partir de ahí, Jacob no decidió nada». Un lanzamiento contra la pared, y Craig —más pesado, más sano, alguien que «en la melé había roto a tíos más grandes que él»— no entra en la pelea. Las palmas por delante, a la altura del pecho: «Jake. Jake, para. Que soy yo». Jacob pega. El segundo, a través de las palmas. El tercero. En el quinto golpe, Craig «bajó las manos a la altura del estómago y simplemente encajaba», y en el único ojo que le quedaba abierto «no había pelea. Había lo que había en el vestuario cada mañana: ¿adónde?». «La correa estaba en su mano. Al entenderlo, Jacob no la soltó. Se la enrolló en el puño».

No es defensa propia ni un rescate: Simon ya ha resbalado por la pared, Craig ya lo ha soltado. Es lo que una persona hace con el retraso y con la culpa cuando no tiene otro lenguaje: «Había llegado, y había llegado tarde, y ahí estaba su retraso, delante de él, con una camiseta de tirantes blanca, sin levantar las manos, diciendo “Jake”, y él hacía con él lo único que sabía hacer». Lo más terrible de la escena no son los golpes, sino que Craig sigue hasta el final atado a la correa: espera la orden, acepta el castigo como un perro lo acepta de su amo, y Jacob lo entiende, y continúa. Durante tres años el libro ha mostrado que Craig pega «cuando alguien asiente» (véase «Adiestrado en ambas direcciones»); ahora vemos que el asentimiento también funciona en sentido contrario: quien ha sido adiestrado para no caer tampoco sabe defenderse del adiestrador. La responsabilidad aquí recae por entero en quien sostiene la correa.

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