Como si a Simon se le hubiera escapado algo
“Le había dicho «mantente lejos de él», como si el que tuviera que mantenerse lejos fuera Simon.” La garganta al aire, la chaqueta en algún sitio detrás, los semáforos en rojo. «Craig. En su casa. Ahora»: tres palabras en círculo, «y entre ellas no cabía nada». Y en ese círculo, por primera vez, la responsabilidad está repartida como corresponde: «La primera llamada no la había cogido»: seguía sentado, «contando el postre y pensando en la norma de su padre». «Da igual. Ya me ocupo yo», y se había ido a que le probaran el esmoquin. «Le había dicho “mantente lejos de él”, como si el que tuviera que mantenerse lejos fuera Simon. Como si a Simon se le hubiera escapado algo». Él conocía a Craig: «Sabía cómo se quedaba de pie sobre alguien tirado en el suelo, porque él mismo había estado a su lado, riéndose».
Es el primer momento del libro en que Jacob no busca al culpable fuera: no es que Simon «se comportara mal», no es que Craig «se pasara», sino él mismo: calló el nombre, decidió no decidir, obedeció a la voz de la mesa. Pero fíjate en adónde va a parar ese conocimiento: no a las palabras, sino al pedal del acelerador y a un «No llames», «Llegaré antes yo». La culpa que una persona no sabe sostener se convierte de inmediato en acción —la que sea, con tal de no quedarse a solas con ella—. Veinte minutos después se convertirá en un puño. Una culpa leída correctamente todavía no es responsabilidad; la responsabilidad empieza allí donde se la puede soportar sin golpear.