Dos palabras
“Una salvaba a Jacob y se parecía a toda su vida. La otra no salvaba a nadie.” «Irse era fácil. Sabía hacerlo: había aprendido a desaparecer antes que a atarse los cordones». Un autobús, una ciudad donde nadie conoce su cara, una pared junto a la que quedarse sin contar los pasos. Jacob seguiría siendo el que era. Quedarse significa fiarse de la palabra de Craig y ver un día cómo «se apagan las luces de la cafetería». Y una tercera cosa, que él «no pensaba» —la rodeaba «como se rodea en la oscuridad algo con lo que uno ya se ha golpeado»—: si se va, «nadie volvería a decirle “me pasaré de todos modos”». Da vueltas a «las dos palabras que tenía. Una salvaba a Jacob y se parecía a toda su vida. La otra no salvaba a nadie. Todavía no sabía cuál de las dos iba a decir».
Aquí el libro muestra con honestidad la lógica de quitarse de en medio: siempre parece el único acto que salva al menos a alguien, y siempre «se parece a toda una vida». En eso están su fuerza y su mentira. A una persona a la que desde niño le enseñaron que su ausencia es el mejor regalo para los demás, la opción de «desaparecer» le parece responsable y la de «quedarse», egoísta, cuando en realidad es al revés: la primera reproduce el trauma; la segunda lo interrumpe. Fíjate en qué sostiene a Simon en ese minuto: no la esperanza de ser salvado ni la fuerza de voluntad, sino la promesa de otra persona de pasarse después de la cena. A veces eso basta para contar hasta el minuto siguiente, y el minuto siguiente basta para que alguien llegue a marcar un número.