Así se abre a los de casa
“Así se abre a los de casa: el picaporte hacia abajo, la puerta hacia uno, la cara todavía sin preparar, pero ya cálida.” «Abrió sin preguntar. Así se abre a los de casa: el picaporte hacia abajo, la puerta hacia uno, la cara todavía sin preparar, pero ya cálida». Le dio tiempo a pensar en el té: que eso sería lo primero que le diría a esa persona «en su propia casa y no en la de él». Al otro lado de la puerta está Craig, y Simon «lo entendió todo antes de que le diera tiempo a asustarse». El picaporte encaja con exactitud en la abolladura del golpe de su padre. «No había asentimiento. No había nadie a la espalda de Craig… Ayer, junto a la taquilla, Simon se había agarrado a eso con las dos manos: ha vuelto y está callado, o sea, que nadie ha asentido. Tampoco ahora había asentido nadie. Pero Craig estaba allí, y por lo visto ya no necesitaba que nadie asintiera».
El autor pone dos hechos uno junto al otro y no deja que el lector elija uno. Simon abrió la puerta porque por primera vez en su vida esperaba a alguien con calidez, y justo eso lo dejó indefenso. No es un error de confianza; es su precio, y no anula que confiar fuera lo correcto. El segundo hecho es el derrumbe del modelo «él pega cuando alguien asiente», al que Simon lo apostó todo en el capítulo veinticinco (véase «Cerradura o muro»). La regla fue cierta durante tres años y murió el día en que Craig consiguió otra correa. Los errores más peligrosos no son los tontos, sino los caducos: el mundo cambió y el mapa siguió siendo el mismo.