Cuando ya no había nada que hacer
“A esa calle, en aquella ciudad, la policía llegaba cuando ya no había nada que hacer.” La pantalla se apaga junto a su oreja a las 21:37. «El número marcado no está disponible». Los dedos no le obedecen: «Eso era nuevo: los dedos siempre le habían obedecido». Había oído el nombre, un ruido «de cómo se estampa a una persona contra una pared», el teléfono contra el suelo, el silencio. «La policía. Pensó en la policía y lo descartó: la otra vez había conseguido que la atendieran, y luego se había pasado el rato en comisaría, donde la miraban como a una chica que ha estado espiando por una ventana ajena. Mientras volvieran a mirarla así, Craig acabaría. A esa calle, en aquella ciudad, la policía llegaba cuando ya no había nada que hacer». Hay una persona con cuya voz Craig se calla a media palabra. Ella no tiene su número. El directorio del consejo de estudiantes, rugby, plantilla, primera fila.
Es la continuación de «Primero se sujeta», del capítulo dieciséis: el mismo principio, pero con experiencia. Ashley ya sabe que en esta ciudad la vía oficial trabaja contra el tiempo y contra ella. Su decisión no es renunciar a la ayuda, sino elegir la herramienta que llegará a tiempo. No es un consejo universal, y el códice no dice «no llame a la policía»; dice que una persona en crisis elige entre las acciones disponibles, no entre las ideales, y que conocer el sistema también es una habilidad de supervivencia. Llama al hombre sobre el que «hacía listas» y por cuyo lado «había pasado para ir a por un café». Para ella es, quizá, la llamada más difícil del libro, y la hace en cuestión de segundos.