No una confesión: una sentencia
“no era para él una confesión: era una sentencia” Ella lo calcula con exactitud: «El chico no se iría por su cuenta. Y Jacob no lo dejaría marchar; no porque lo quisiera, eso no se lo creía ni ahora, sino porque nunca soltaba nada que considerara suyo». Pero Jacob tiene lo que el chico no tiene: «un apellido, una fábrica, un padre, un equipo, una foto tras un cristal en el pasillo». «Una grabación en la que decía “nosotros” no era para él una confesión: era una sentencia. Lo sabía. Por eso les había mentido a todos». Publicar, no piensa publicar nada —«ni un solo fotograma, nunca»—: es su voz, y la vergüenza de él es también la de ella. «Pero el chico no tenía por qué saberlo».
Es la descripción más clara del libro de cómo el armario se convierte en palanca. La verdad que una persona no puede decir por sí misma se vuelve un arma en manos de cualquiera que la descubra, y golpea siempre a través de quien esa persona ama. Priscilla lo entiende mejor que nadie: no utiliza a Simon, sino el amor de Simon por Jacob. Su único error está en la valoración del «chico»: «Los de su clase aguantan mientras nadie los mira, y salen corriendo en cuanto alguien los llama por su nombre». Ella no vio el mordisco, ni el salón del padre, ni el «Te veo». Cree que el hueco recogerá solo sus cuadernos y se subirá a un autobús. El libro ya ha mostrado que el hueco «va y se presenta ante el decano y escribe un papelito».