El horario que conocía demasiado bien
“Simon conocía aquel horario demasiado bien para creer sus propias explicaciones” Simon conoce de memoria el mapa de Jacob: dónde aparca, por qué entrada pasa, a qué hora va al gimnasio. Llevaba años trazándolo, «y no siempre para desaparecer». A veces sabía que debía desviarse antes, y se demoraba junto a su taquilla hasta que las risas conocidas se acercaban: «Lo veían. Existía». La parte más sucia del secreto es que a las explicaciones («la cerradura se había atascado», «se había distraído») él mismo hace tiempo que no las cree.
Esto no es «él mismo lo quería»: es el conflicto de aproximación-evitación, típico de quienes crecieron en el abandono emocional: la única fuente de atención es a la vez la fuente del dolor, y la psique acude a ella en busca de calor como a una placa encendida, quemándose (véase «Una grieta en el asfalto», «Sus pies lo llevan solos»). Hoy, por primera vez, el mismo mapa sirve para escapar: escaleras traseras, filas ajenas, un almuerzo saltado. El cuerpo «no podía sostener ni siquiera una guerra así», y él la libra de todos modos. La capacidad de usar una vieja habilidad en una dirección nueva es la primera señal de que el mapa le pertenece a él, y no a Jacob.