Pide quien cree que le van a dar
“Pide quien cree que le van a dar.” Un bordillo junto a un parque infantil vacío, el pómulo ardiendo, un contacto abierto en la pantalla. «Llamar significaba reconocer en voz alta que no tenía adónde ir. Dejar que otra persona supiera eso de ti y seguir viviendo con que lo sabe». Simon nunca ha pedido: ni a su padre, ni a los médicos, ni a Ashley bajo el paraguas. «Pide quien cree que le van a dar». Ya se acercó él una vez — y lo apartaron con las dos manos. Pulsa llamar «antes de que le diera tiempo a cambiar de idea».
Para alguien que creció en el abandono, pedir no es debilidad, sino un acto de fe sin fundamento (véase «Nunca, a nadie»). Por eso suena tan pocas veces y cuesta tanto: el «Perdona. No tenía que haber llamado» después del «Yo…» es un intento de retirar la petición antes de que la rechacen. La segunda mitad del acto es aceptar la mano cuando se la tienden: «La misma mano: había estado un día sobre su garganta… Y la cogió». No es perdón ni olvido. Es el consentimiento a que la ayuda pueda venir del mismo sitio de donde venía el dolor — un riesgo que Simon asume conscientemente por primera vez.