Estoy aquí. Te veo
“Estoy aquí. Te veo. Ya no me escondo.” Durante veintidós años el cuerpo funcionó igual: el padre se levanta del sillón — y Simon se va hacia la pared, hombros arriba, mirada al suelo. «Aplanarse, volverse sombra, aguantar». Hoy se queda en medio de la habitación. El golpe lo tira contra la pared — él se endereza y por primera vez mira a su padre a los ojos. Ni desafío ni súplica: «presencia. Entera, pesada, de un borde al otro. Estoy aquí. Te veo. Ya no me escondo». La mano levantada por segunda vez se queda en el aire: «sabía pegarle a quien se cubre la cabeza».
La violencia doméstica se sostiene sobre una coreografía ensayada en la que la víctima tiene su propio papel. Romper ese papel — salir al medio, no apartar la mirada — no es garantía de seguridad, y esta ficha no debe leerse como un manual. Pero, psicológicamente, es el punto en el que una persona deja de ser un blanco cómodo y se convierte en testigo de su propia vida. «Ojalá te hubieras muerto tú. Y no mamá» no es ni curación ni venganza; es el final de veinte años de silencio, dicho a una espalda. Después de unas palabras así no se vuelve, y Simon se va llevándose solo la cazadora: «las paredes eran de su padre; la noche no era de nadie».