Ninguna entró en la cerradura
“Repasó las explicaciones una a una, como se prueban las llaves de un llavero, y ninguna entró en la cerradura.” Está sentado con la toalla y mira — a propósito, uno por uno, «como quien se tantea un diente con la lengua»: la espalda de Miller, los muslos, el agua por la columna, el culo desnudo en el pasillo. «Nada». «“Ya está”, pensó. Y ese “ya está” se pareció a soltar el aire». O sea, que no son los hombres — «ahí estaban, quince, a su alrededor, y ninguno». O sea, que es una sola persona, y para eso hay explicaciones: la costumbre, la culpa, aquella casa, el control. «Repasó las explicaciones una a una, como se prueban las llaves de un llavero, y ninguna entró en la cerradura. No las comprobó dos veces».
Es un episodio muy reconocible para muchos de los que han pasado por la aceptación de sí mismos: la prueba de «¿y los demás me afectan?», el alivio del resultado negativo — y enseguida el cuerpo, respondiendo a un solo pensamiento sobre una persona concreta. «No son los hombres, es él» es la estación intermedia más frecuente de ese camino, y no es mentira: la atracción puede ser, de verdad, hacia una persona y no hacia una categoría (véase «Agua fría»). La mentira está en «no las comprobó dos veces» y en la disposición a pegarle a Becker por un roce casual: cuando las explicaciones no encajan y el miedo se queda, busca un culpable fuera. «Bastaba una voz baja para que quince personas se callaran, y no había voz que bastara para callar lo que le daba vueltas bajo las costillas» — la mejor fórmula de este capítulo.