Di que no eres nadie
“Necesitaba que él dijera: no soy nadie. Soy una casualidad.” Entra con llaves — «prácticamente vivía aquí» —, llama suyos a los cereales y «nuestros juguetes» a las esposas, y nada de eso se puede comprobar, «y ella lo entendía y precisamente por eso lo había dicho». Luego, la petición de verdad: «Esto no significa nada, ¿verdad? Simplemente… estabas por ahí. Dime que es así». Simon entiende: «Necesitaba que él dijera: no soy nadie. Soy una casualidad. Tú estás bien, que Jacob me haya elegido no dice nada de ti». Ha venido a ver a una persona a la que consideraba inferior para que le confirme que ella está por encima. «No puedo». Una bofetada — y ella se mira la mano, «como si la mano lo hubiera hecho sin ella».
Cuando la autoestima está construida por entero sobre el hecho de ser elegida, la elección ajena se convierte en una sentencia contra ti — y el único que puede revocarla es el rival. De ahí la lógica humillante de la escena: Priscilla le pide a Simon lo que Jacob no puede darle. Simon conoce ese estado desde dentro — «esperar de alguien la palabra que te ponga en tu sitio, porque cualquier sitio es mejor que ninguno» — y precisamente por eso no puede mentir. El cambio instantáneo a «¡Ay, cariño mío!» cuando aparece Jacob no es hipocresía, sino una escisión: la rabia y la ternura viven en ella en habitaciones distintas, como en él.