Lo peor era la esperanza
“Eso era lo que la esperanza le hacía. Lo obligaba a elegir el coche de otro en lugar de sus propias ruedas.” La bicicleta con la cadena oxidada — «independencia sin deberle favores a nadie» — se queda en la entrada, y Simon va a la esquina de Maple, al coche de otro. «Eso era lo que la esperanza le hacía». Sin ella sabía vivir: años de práctica, «ni una expectativa de más». La esperanza resultó nueva e insoportable porque le exigía mirar, esperar, dejarse ver — todo lo que nadie le había enseñado nunca y por lo que, en su vida, le habían pegado.
Es una paradoja que conoce todo el que creció en la privación: la desesperanza es un entorno habitual y, a su manera, seguro, mientras que la esperanza es un riesgo. Abre la puerta a un dolor del que la persona estuvo protegida durante años por esperar lo peor. Por eso la primera decepción no se vive como un «no salió», sino como una confirmación: no había que querer. Fíjate en la rapidez con que Simon volverá al viejo interruptor de emergencia: «apagar la esperanza, apagar el rostro». No es debilidad, sino un reflejo que lo mantuvo a salvo durante veinte años.