LonelyDreamerAI The Edge of Stigma
Capítulo 13 · Temporada 1
13

Dulces Sueños

Junto a la chimenea, Jacob por fin intenta hablar con sinceridad — y toca a Simon por primera vez sin intención de hacerle daño. Pero el polvo ya está disuelto en su cerveza. Mientras su mente se apaga, Simon lo sostiene con una ternura dolorosa — y lo recuesta junto a las cadenas que esperan bajo las mantas.

El primer trago no cambió nada.

Jacob bajó la botella, se pasó la lengua por los labios y siguió sentado frente a la chimenea: grande, sereno, alerta. La chaqueta roja y blanca atrapaba con intensidad la luz del fuego sobre sus hombros; la letra dorada «U» destellaba con cada movimiento de las llamas. Incluso allí, en una casa ajena en medio del bosque, conseguía parecer que el espacio le pertenecía.

The Edge of Stigma · Dulces Sueños

Simon se sentó frente a él.

No abrió su propia botella. Simplemente la sostuvo con ambas manos, sintiendo el frío a través del vidrio, y observó cómo Jacob daba un segundo trago.

Sin avidez. Sin prisa.

Con total normalidad.

Eso era lo más aterrador: . No hubo truenos, las ventanas no estallaron, la casa no tembló para advertirles que habían cruzado un límite. Jacob bebía cerveza. Un leño se asentaba en la chimenea. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal con un ritmo constante. Y dentro de Simon, una vida ya había terminado y comenzaba otra: aquella en la que el hombre sentado frente a él ya no podría levantarse y marcharse cuando la conversación se volviera incómoda.

Simon había imaginado ese momento decenas de veces.

En sus fantasías siempre había sido solemne. Creía que sentiría poder: caliente, embriagador, parecido al que había visto en los ojos de Jacob cada vez que lo arrinconaba.

Pero ahora dentro de él reinaba el silencio.

No el vacío, sino el silencio. Como en una casa después de que la puerta se cierra tras el último invitado.

— ¿Y bien? — Jacob inclinó la botella —. ¿Hemos conducido hasta Dios sabe dónde para que te quedes ahí sentado mirándome?

— Esperaba a que empezaras.

— Ya he empezado. — Bebió otro trago —. Te toca.

Simon bajó la mirada hacia la botella intacta.

— No tengo por qué beber.

— Claro que no. — Jacob sonrió con ironía —. Tú eres el sobrio aquí.

La frase sonó como una de sus burlas habituales, pero en su voz ya no estaba la ligereza de antes. Jacob seguía escuchando: la casa, la lluvia, su propio presentimiento. Simon lo veía en la tensión de la mano libre apoyada sobre su rodilla, en la manera en que su mirada regresaba una y otra vez a la silla de madera junto a la chimenea, a la bolsa deportiva junto a la isla de la cocina, a la puerta.

Estaba localizando las salidas.

Calculando las distancias.

Incluso ahora seguía siendo el mismo que en el campo: un hombre convencido de que cualquier situación podía doblegarse por la fuerza, siempre que detectara la amenaza a tiempo.

Simon estuvo a punto de sentir lástima por él.

A punto.

✦ ✦ ✦

A Jacob no le gustaba que lo observaran en silencio.

En la universidad, las miradas ajenas siempre le daban algo: admiración, envidia, miedo, deseo de agradarle. La gente lo miraba y al mismo tiempo explicaba por qué. Simon no explicaba nada. Sus ojos eran oscuros, tranquilos, imposiblemente atentos, como si Jacob ya lo hubiera dicho todo aunque apenas hubiese abierto la boca.

Aquello lo irritaba.

Y lo atraía más de lo que debería.

Jacob se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.

— Bien. Basta de acertijos. Me sacaste del despacho del director. Le mentiste a la cara. Dijiste que éramos amigos. Después me trajiste hasta aquí. ¿Por qué?

— Ya te lo dije. Para hablar.

— ¿De qué?

— De por qué me elegiste a mí.

Jacob frunció el ceño.

— ¿Elegirte para qué?

— Lo sabes perfectamente.

— No, pequeño. — Negó despacio con la cabeza —. Quiero oír exactamente cómo suena dentro de tu cabeza.

La vieja palabra quedó entre ellos.

Pequeño.

Antes se clavaba en Simon como una hoja fina: lo humillaba, lo empequeñecía, lo devolvía a su lugar. Incluso ahora algo bajo sus costillas se estremeció; el cuerpo reconoció la voz de su dueño antes de que la mente pudiera recordar que muy pronto dejaría de serlo.

Simon apretó con más fuerza la botella.

— Durante tres años me encontrabas en cualquier pasillo. Ibas a lugares donde no tenías clase. Me esperabas después de las lecciones. Cerrabas puertas con llave. Dejabas a Craig fuera cuando querías estar a solas conmigo. — Hablaba sin acusación, casi sin emoción —. Podías haber elegido a cualquiera. Pero siempre volvías a mí.

Jacob se recostó contra el respaldo del sofá.

— Porque tú me lo permitías.

— Eso no es una respuesta.

— ¿Qué respuesta quieres?

— Una sincera.

El fuego crepitó con más fuerza. Durante un instante, un abanico de chispas se elevó entre ellos y el rostro de Jacob se endureció.

— ¿Crees que por haberme salvado del director ahora puedes interrogarme?

— No. — Simon lo miró directamente a los ojos —. Creo que ahora me debes algo.

La frase dio justo en el blanco.

Jacob se quedó inmóvil y después soltó una breve risa sin humor.

— Ten cuidado.

— ¿O qué?

La pregunta sonó en voz baja.

No como un desafío. Peor.

Como la constatación de que la amenaza habitual ya no funcionaba.

Jacob dejó lentamente la botella en el borde de la mesa. Su cuerpo se inclinó hacia delante y sus hombros taparon el fuego. Por un instante todo volvió a ser como antes: la figura grande se alzó sobre la delgada, el depredador recuperó el ángulo correcto, la distancia entre ambos se redujo.

Simon no retrocedió.

Y Jacob se detuvo.

Podía haberlo agarrado. Con una sola mano. Estamparlo contra el respaldo del sillón, arrancarle aquella nueva frialdad, obligarlo a bajar la mirada otra vez. Pero algo lo contuvo; no era miedo. Más bien un deseo extraño de seguir mirando. De descubrir hasta dónde llegaría el ratón si, por primera vez, nadie le enseñaba los dientes.

— Has cambiado — dijo.

— No. Es que nunca me viste.

La respuesta lo obligó a apartar la mirada.

El teléfono vibró brevemente en su bolsillo. Jacob lo sacó. En la pantalla apareció el nombre de Priscilla junto a varios mensajes seguidos.

¿Dónde estás?

¿Por qué no respondes?

Jacob los leyó sin abrir la conversación y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Simon siguió el movimiento con la mirada.

Un gesto diminuto. Sin importancia. Pero la parte rota de su conciencia : Jacob había visto quién le escribía y, aun así, se había quedado allí. Con él. En la casa que se tragaba los sonidos.

— No me mires así — dijo Jacob.

— ¿Así cómo?

— Como si acabara de hacer algo importante.

Simon sonrió apenas.

— ¿Lo has hecho?

Jacob volvió a tomar la botella y bebió. Esta vez durante más tiempo.

✦ ✦ ✦

El tiempo empezó a avanzar de otra manera.

Simon casi podía oírlo físicamente, no en el tictac de un reloj — no había ninguno en la sala —, sino en los pequeños cambios del hombre sentado frente a él. Primero, Jacob comenzó a parpadear un poco más despacio. Después se pasó dos veces la mano por la nuca, como si el cuello de la chaqueta se hubiera vuelto de pronto demasiado estrecho. Su postura seguía fingiendo relajación, pero los músculos del cuello ya no podían sostenerla de forma natural.

Simon lo supo: había empezado.

Con el alivio llegó el miedo.

No por sí mismo.

Por Jacob.

Observó cada respiración, el color de su piel, el movimiento de sus pupilas. Había pasado demasiado tiempo preparándose como para no comprender lo esencial: aquel hombre debía dormirse, no desaparecer. Simon necesitaba inmovilidad, no muerte. La idea de que pudiera haberse equivocado atravesó por primera vez su calma aquella noche, como una fina aguja de hielo.

Sin dolor. Solo inmovilidad.

Lo repitió en silencio.

Como una oración.

Como una excusa.

Jacob se frotó el puente de la nariz.

— Aquí hace demasiado calor.

— No.

— Te digo que hace demasiado calor.

— No es la casa.

Jacob levantó la mirada.

— ¿Qué?

Simon comprendió que había dicho en voz alta más de lo que pretendía.

— Unos minutos más — dijo con serenidad —. Y harán efecto por completo.

El silencio que siguió a aquellas palabras fue casi absoluto.

Hasta la lluvia pareció alejarse.

Jacob lo miró, intentando convertir las palabras en significado, pero el significado se le escapaba. La química ya estaba ralentizando lo que siempre había funcionado más rápido en él: la reacción, el reconocimiento instantáneo del peligro.

— ¿Qué hará efecto? — preguntó.

Simon guardó silencio.

— Simon.

Por primera vez, su nombre sonó sin burla. Sin «pequeño», sin calidez condescendiente, sin una orden oculta. Solo su nombre: alerta, auténtico.

Jacob se inclinó hacia él. Su gran mano se posó sobre la de Simon.

Simon se estremeció con todo el cuerpo.

El contacto fue suave.

No un agarre. No un golpe. No una demostración de fuerza. Sus dedos simplemente cubrieron la mano de Simon: cálidos, pesados, cuidadosos.

Durante tres años, Simon había esperado algo así de aquellas manos.

Durante tres años había imaginado que algún día lo tocarían sin intención de hacerle daño. Y ahora que por fin ocurría, dentro de él ya no quedaba espacio para la alegría. Solo el pánico de alguien que .

— ¿Qué estás haciendo? — exhaló.

Jacob frunció el ceño, como si tampoco él lo supiera.

— Intento hablar contigo con normalidad.

— ¿Ahora?

— Sí, ahora. — Sus dedos se cerraron un poco —. Vine porque quería decirte algo.

Simon no podía apartar la mirada de sus manos.

— ¿Qué?

Jacob abrió la boca, pero se quedó en silencio. Las palabras parecían haberse quedado atrapadas no en la lengua, sino más adentro, detrás de una puerta prohibida que llevaba años cerrada.

— Nadie sabe lo del vestuario — dijo al fin —. No se lo conté a nadie.

Simon levantó la mirada.

— ¿Por qué?

— Porque no es asunto suyo.

— ¿De quién es?

Jacob lo miró durante un largo y pesado instante.

— Mío.

Una sola palabra.

Posesiva. Equivocada. Casi lo que Simon quería oír.

Casi.

— No soy una cosa — susurró.

— Lo sé.

— No. No lo sabes.

Jacob iba a responder, pero su rostro cambió de repente. La mirada perdió nitidez. Los dedos sobre la mano de Simon se aflojaron.

Inspiró con brusquedad y se llevó la mano libre a la sien.

— Mierda…

La mano resbaló.

✦ ✦ ✦

La habitación se inclinó.

No demasiado, apenas, como si una ola hubiera levantado la casa. Jacob parpadeó, esperando que las paredes regresaran a su sitio, pero la chimenea se deslizó hacia un lado y el rostro de Simon permaneció como un punto pálido e inmóvil en el centro de una luz borrosa.

Intentó levantarse.

Su cuerpo respondió con retraso.

Las rodillas se enderezaron, pero el suelo estaba más lejos de lo que debería. Jacob se ladeó; se aferró al borde de la mesa y la botella cayó, golpeó las tablas y rodó hacia la chimenea. Del cuello salió espuma oscura. En el fondo de cristal quedó un rastro blanquecino que no debería estar allí.

La comprensión llegó de inmediato.

Tarde, pero de inmediato.

Jacob trasladó la mirada de la botella a Simon.

— Tú…

La voz sonó apagada, ajena.

Simon se levantó. Sin prisa.

— Jacob, ¿estás bien?

La pregunta fue pronunciada con una preocupación tan serena que el miedo dentro de él se transformó al instante en furia.

— ¿Qué me has dado?

Avanzó hacia Simon. El primer paso fue casi firme. El segundo no. La habitación dio un tirón, el suelo desapareció bajo su pie derecho. Aun así, Jacob llegó hasta él, lo agarró con ambas manos por la sudadera y tiró de él.

Sus rostros quedaron muy cerca.

Antes habría bastado para que Simon dejara de respirar. Una sola tensión en la mandíbula ajena, un solo movimiento de aquellos dedos fuertes, y el viejo cuerpo de víctima habría despertado y se habría quedado inmóvil con obediencia.

Ahora los dedos apenas podían sujetarlo.

Todavía tenían fuerza, pero ya no precisión.

— ¿Qué me está pasando? — gruñó Jacob —. No lo entiendo… ¿qué has hecho?

Por primera vez había miedo en su voz.

No aquel breve pinchazo que había ahogado con una sonrisa en el coche. Miedo real. Animal. El miedo de un hombre encerrado de pronto dentro de su propio cuerpo, sintiendo cómo los controles se apagaban uno tras otro.

Simon lo miró y no sintió triunfo.

Solo una ternura extraña y dolorosa.

Levantó una mano y tocó la mejilla de Jacob.

Él se estremeció, pero ya no pudo apartarse.

— Tranquilo — susurró Simon. Su pulgar recorrió el pómulo de Jacob, despacio, casi con cariño —. Ya te lo dije. Solo vamos a hablar.

— Has puesto algo… en la cerveza.

Ya no era una pregunta.

Simon no mintió.

— Sí.

En los ojos de Jacob apareció una incredulidad tan pura como si la traición no estuviera en la botella, ni en la droga, ni en la casa en medio del bosque, sino en que precisamente Simon hubiera sido capaz de hacerlo.

El que siempre callaba.

El que siempre soportaba.

Aquel al que podían dejar junto a una pared sin mirar atrás, porque permanecía donde lo habían colocado.

— ¿Por qué? — exhaló Jacob.

Simon se acercó un poco más.

— Para que no te fueras antes de terminar la conversación.

— Psicópata… — La palabra se deshizo en su aliento —. Maldito…

Las rodillas de Jacob cedieron.

El agarre sobre la sudadera desapareció. Su cuerpo, que un minuto antes se alzaba como una amenaza, se volvió de pronto simplemente pesado: demasiado grande, demasiado cálido, cayendo hacia delante sin poder evitarlo.

Simon lo sostuvo.

El impacto del peso casi lo derribó. Rodeó la espalda de Jacob con los brazos, apoyó firmemente los pies en el suelo y recibió poco a poco todo el peso del hombre al que durante tres años no había podido tocar por voluntad propia.

El rostro de Jacob quedó apoyado en su hombro.

Su respiración quemó el cuello de Simon.

Durante un segundo imposible, todo se pareció a las fantasías más secretas de Simon: Jacob pegado a él con todo el cuerpo, los brazos sobre Simon, sin distancia entre ambos, sin testigos, sin mundo.

Simon cerró los ojos.

— Te sostengo — susurró.

Jacob dijo algo, indistinto, ya desde muy lejos. Intentó levantar la cabeza, pero no pudo. Con un último movimiento, sus dedos se cerraron débilmente sobre la tela de la espalda de Simon, como si el cuerpo aún buscara apoyo allí donde la mente ya había comprendido que el apoyo y la trampa se habían convertido en lo mismo.

Simon descendió lentamente con él hasta el sofá.

Lo sentó, sosteniéndole la nuca. Le quitó la chaqueta roja y blanca de los anchos hombros para que la tela no tirara de su cuello y la dobló con cuidado a su lado. Sin ella, Jacob parecía más joven. Ya no era el rey del campus, ni el capitán, ni el hombre ante quien se abrían los pasillos.

Solo un chico dormido.

Simon acomodó la cabeza de Jacob contra su pecho y pasó los dedos por su cabello corto. Una vez. Otra. Con tanta delicadeza como si intentara borrar lo que acababa de hacer.

Jacob todavía podía oír.

En algún lugar muy lejano seguían existiendo la chimenea, la lluvia, un corazón ajeno bajo su oído. Quería obligar a sus ojos a abrirse. Quería golpear, levantarse, alcanzar el teléfono sobre la mesa. Pero su cuerpo ya no le pertenecía. La última sensación nítida fue la palma de Simon en su nuca: cuidadosa, casi amorosa.

Estaba mal.

Y, por alguna razón, era insoportablemente tranquilo.

— No te preocupes — susurró Simon a la oscuridad que ya se cerraba a su alrededor —. No te haré daño.

Los dedos de Jacob terminaron de soltarse.

Simon miró la tosca silla de madera junto a la chimenea.

La bolsa deportiva.

Las cadenas que esperaban pacientemente bajo una capa de mantas.

Después volvió a bajar la mirada hacia el rostro de Jacob y rozó su sien con los labios, apenas, casi sin peso.

— Dulces sueños — dijo.

La pantalla se funde a negro.

Continuará en el próximo episodio.

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