La puerta se cerró de golpe, y solo entonces a Simon le fallaron las piernas.
Se deslizó por los casilleros hasta caer sobre el azulejo frío, y el suelo lo recibió con indiferencia, como recibía todo. La toalla se le había movido; el pelo mojado se le pegaba a la frente; temblaba con sacudidas violentas, como si tuviera fiebre. Se llevó las rodillas al pecho, las rodeó con los brazos y hundió la cara en ellas. Las heridas en los nudillos —allí donde, unas horas antes, el espejo se había partido bajo su puño— volvieron a sangrar, pero él ni siquiera lo notó. Su garganta vivía una vida aparte: recordaba el peso de una mano ajena, su calor, su fuerza perezosa, calculadora. Parecía que aquella mano seguía allí, apoyada sobre él: invisible, imposible de lavar.
Y entonces se rompió.
Las lágrimas llegaron pesadas, entre ahogos, con esa profundidad desgarradora con la que no se llora por dolor, sino por lo irreparable. Por lo de hoy y por todo a la vez: por las risas de la cafetería, por las manchas moradas en sus costillas, por su propio rostro en el cristal roto. Pero lo más amargo de todo era lo que acababa de ocurrir.
El secreto había salido a la luz.
El único que había enterrado más hondo que todos los moretones, más hondo que las noches de su padre. Ni siquiera se lo había permitido a sí mismo: durante años lo había esquivado, lo había llamado enfermedad, suciedad, cualquier cosa, menos su verdadero nombre. La palabra estaba prohibida incluso en sus pensamientos.
Lo amaba.
Ahí estaba. Esa era toda la monstruosidad y toda la irreparabilidad. Amaba a la persona que lo destruía metódicamente, con placer; lo amaba a través del horror, a través del odio, a través de todo aquello con lo que se suponía que debía quemar ese amor hasta arrancarlo de sí. Y hoy lo habían sacado a la luz, lo habían leído en sus propios ojos y lo habían pesado en la palma de una mano como calderilla.
Una hora antes estaba frente al espejo roto jurando que lo haría pagar. Durante una hora entera, su odio nuevo, frío, le había parecido real y definitivo. Y luego Jacob simplemente se había acercado, y todo se había deshecho en polvo por un solo rastro de su olor, por un solo «pídelo» ronco. Había jurado destruirlo, y él mismo se había inclinado hacia sus labios. ¿Qué coño era después de eso?
Lloró hasta que por dentro no quedó nada con lo que llorar. Y cuando las lágrimas se agotaron, en su lugar no quedó alivio: quedó un vacío quemado, hueco, resonante. Y en ese vacío solo se oía una cosa: la vergüenza, constante, sin callarse ni un solo segundo.
Mientras tanto, en el campo, Jacob jugaba como no había jugado desde hacía mucho tiempo.
Entraba primero en los choques, derribaba al suelo a quienes no hacía falta derribar, y en cada impacto encontraba algo parecido a una descarga. Su cuerpo trabajaba al máximo, furioso y preciso, pero su cabeza no estaba allí. Su cabeza repetía una y otra vez lo mismo.
«¿Cuánto tiempo llevas mirándome así?»
Y aquel silencio en lugar de una respuesta. Un silencio que decía: todo el tiempo.
Después de otro placaje —innecesario, brutal, al borde de la falta—, el silbato chilló, y el entrenador rugió su apellido desde lejos. Jacob levantó las manos: entendido. Craig se puso a su altura y le dio una palmada en el hombro.
— Hoy estás hecho una puta bestia. ¿Ha pasado algo?
— Estoy calentando — respondió Jacob de forma seca, y por su tono Craig entendió que no valía la pena seguir.
El conocimiento le ardía dentro como una moneda caliente en el bolsillo, y durante todo el entrenamiento lo comprobaba sin querer: ¿seguía allí? Seguía allí. Había estado mirándolo todo el tiempo. Entonces cada rincón oscuro, cada puerta cerrada, cada vez que ese chico callaba, soportaba, se dejaba hacer, nada había sido lo que parecía. No solo estaba rompiendo un juguete. El juguete lo estaba mirando. Lo deseaba.
Ese pensamiento lo colocaba todo en su sitio: suave, cómodo, como una mentira en la que se desea creer desesperadamente. Lo absolvía de todo de una vez: de lo de hoy, de lo de antes, y de aquella cosa oscura que se había levantado dentro de él junto a los casilleros y en la que no pensaba hurgar. Y si era así, ¿de qué coño era culpable Jacob?
Y después, sin permiso, llegó otro pensamiento, insinuante como una corriente de aire bajo una puerta.
Si el chico había estado mirándolo así todo este tiempo… si, temblando bajo su mano, lo había deseado, entonces con él se podía hacer más. No solo empujarlo contra los casilleros y verlo romperse. Otra cosa. Tomar algo más que su miedo.
Las imágenes se deslizaron por el borde mismo de su conciencia: borrosas, calientes, imposibles, y Jacob estuvo a punto de perder el paso en mitad del campo.
Qué coño. Sacudió la cabeza como si espantara mosquitos. Él no era de esos. Nunca lo había sido; ni siquiera se le había pasado por la cabeza, ni una sola vez en toda su vida. Se acostaba con chicas desde la escuela, tenía a Priscilla, tenía todo como debía ser, todo en orden. ¿De dónde cojones había salido eso, lo de aquel puto bicho raro, flaco y pálido?
No encontró respuesta. Pero el pensamiento no se fue. Se acomodó dentro de él, junto al conocimiento del secreto ajeno: silencioso, cómodo, dueño de la casa. Como algo que no había venido de visita, sino a quedarse.
Para el final del entrenamiento, la decisión maduró sola, sin esfuerzo, como madura lo inevitable.
A nadie. No se lo diría a nadie. Ni al equipo, ni a Priscilla. Sobre todo, no a Craig: ese, de pura emoción, lo soltaría todo en una tarde, y para la mañana la historia tendría cien dueños. Y esta historia debía tener uno solo.
Se decía que era cuestión de estrategia: una carta así no se malgasta por unas risas baratas. Sonaba razonable. La verdad era más simple y más oscura, y no la dejaba acercarse: un secreto contado a todos deja de ser tuyo. Y Jacob no pensaba compartir esto —compartirlo a él— con nadie.
Tampoco había prisa. Ya no. El chico no iba a ir a ninguna parte.
Después del entrenamiento, en el vestuario vacío, se quedó mucho rato bajo la ducha. El agua caliente le arrancaba el cansancio, el vapor subía hacia el techo, y en el borde mismo de su mente vacía y relajada, de aquel vapor surgió sola una imagen: piel blanca mojada, mechones oscuros pegados a la frente, ojos asustados mirando desde abajo. Jacob giró la llave de golpe hacia el frío; el agua helada lo quemó, borró la imagen, le sacó todo de la cabeza de una vez. Permaneció bajo ella, apretando los dientes, hasta que la piel se le entumeció. Luego se frotó con la toalla, con dureza, con rabia, como si castigara a su propio cuerpo por actuar por su cuenta, y pasó junto al espejo sobre los lavabos sin girar la cabeza.
Simon salió del edificio cuando el campus ya empezaba a vaciarse. La tarde era gris, húmeda y desagradable; las farolas se encendían de forma irregular. Caminaba con la capucha bajada hasta las cejas, y nadie se giraba para mirarlo, como siempre.
Junto a la entrada del campus, bajo el cobertizo del aparcamiento de bicicletas, fumaban dos chicos de su curso. Pasó de largo, sin levantar la vista por costumbre, y oyó detrás de él una risa breve, seguida de un murmullo claro y bajo: «...sí, ese, el de la Coca-Cola». El otro resopló: «Mándamelo».
Simon no se volvió ni aceleró el paso. Siguió caminando, mirando al frente, y comprendió con una claridad fría y distante: el video. Alguien lo había grabado, y ahora vivía su propia vida, pasaba de teléfono en teléfono, y mañana lo verían incluso quienes no habían estado en la cafetería. Su humillación había dejado de ser un acontecimiento; al menos un acontecimiento termina.
Su casa quedaba a media hora a pie del campus; en bicicleta habrían sido unos diez minutos. Una calle silenciosa, una fachada desconchada, ventanas oscuras. En el recibidor olía a tabaco viejo; desde la sala se filtraba el resplandor azul del televisor y se oía el choque sordo de un vaso: su padre estaba en casa. Eso significaba una sola cosa: pasar en silencio, no hacer crujir nada, no dejarse ver. Simon subió sin ruido a su habitación medio a oscuras: una cama estrecha, un escritorio, un armario, ni pósteres ni fotografías. Incluso en su propia casa había aprendido hacía mucho a ser invisible. Se tragó la pastilla de la noche, la bajó con agua del vaso de ayer y se tumbó sobre la manta sin desvestirse. Los reflejos de la farola de la calle se arrastraban por el techo.
El sueño no llegaba. En lugar del sueño llegó la aritmética.
Por la mañana, el campus despertaría, y el archivo despertaría con él. Lo verían en clase bajo los pupitres, en las zonas de fumadores, en las colas; se reirían incluso quienes nunca lo habían visto. Eso era lo de fuera. Pero dentro era peor. Dentro estaba lo que Jacob sabía ahora. No lo de la Coca-Cola, sino lo de él. Lo real, lo último, el fondo mismo. Y con ese conocimiento Jacob caminaría cerca de él todos los días. Lo llevaría en el bolsillo. Lo sacaría cuando quisiera, y querría hacerlo, «no hemos terminado de hablar, bebé», y haría con eso cualquier cosa que se le ocurriera.
O quizá no lo llevaría ni lo sacaría. Quizá simplemente lo diría. No le costaba nada: una sola frase lanzada en la cafetería como quien no quiere la cosa: «Resulta que nuestro bicho raro es maricón. Él mismo se me echó encima para besarme». Y ya está. La ola avanzaría por las filas, como había avanzado el video, de teléfono en teléfono, de boca en boca, y para la noche ni siquiera le quedaría un nombre: el nombre sería sustituido por una palabra. La Coca-Cola se lavaría, los moretones desaparecerían; eso no desaparecería nunca. Su último refugio, su invisibilidad, moriría en ese mismo segundo: a los invisibles no se les señala con el dedo, pero a él lo señalaría toda la universidad.
Simon miraba el techo y entendía: no lo soportaría. Simplemente no lo soportaría. No le alcanzaría para levantarse mañana, vestirse y cargar todo eso durante el día. Y durante el siguiente. Y durante todos los demás, aunque nadie le había prometido días distintos.
Hacía mucho que conocía esas palabras sobre sí mismo. Incorrecto. Dañado. : llegaban junto con el cinturón, con el olor a alcohol, con el crujido de la puerta de su habitación por las noches, y con los años habían echado raíces tan profundas que se habían vuelto propias. Se había acostumbrado a pensar en sí mismo como en una cosa con un defecto de fábrica: algo en él había sido ensamblado mal desde el principio, y por mucho que escondiera el defecto bajo una capucha y el silencio, no iba a desaparecer. Hoy Jacob simplemente lo había leído en voz alta. Y si dos personas tan distintas —su padre y Jacob— al mirarlo veían lo mismo… entonces no era maldad. Entonces era verdad. Y con la verdad no se discute.
Y entonces, silencioso y cotidiano, como llegan los pensamientos más terribles, llegó ese.
Para que no existiera ni el mañana, ni el archivo, ni el conocimiento ajeno, ni el propio portador de todo eso. El pensamiento no lo golpeó ni lo quemó: entró tranquilo, de forma rutinaria, como si llevara mucho tiempo de pie detrás de la puerta esperando a que la abrieran. Y el hecho de que no le diera miedo, de que no se estremeciera, de que no retrocediera, eso fue lo más aterrador.
No supo cuánto tiempo pasó tumbado con él. La farola parpadeaba; abajo, a través del suelo, el televisor de su padre murmuraba apagadamente. El pensamiento yacía a su lado: paciente, sin prisa.
Su mirada encontró por sí sola en la oscuridad el frasco blanco sobre la mesita de noche y se detuvo en él. Durante un largo latido.
Simon se obligó a volverse hacia la pared.
No porque tuviera miedo. Sino porque había una cosa dentro de él —una sola— que no cedía ante ese pensamiento. Se aferraba y no lo dejaba ir.
Una conversación.
Todavía no había hablado con él. Ni una vez en todos esos años. Todo lo que había existido entre ellos eran golpes, burlas, Coca-Cola, una mano ajena en su garganta, pero nunca una conversación. Una verdadera. Una en la que él pudiera decirlo todo. Lo del primer año. Lo de cómo empezó y en qué se convirtió. Lo que Jacob había leído hoy en sus ojos: decirlo él mismo, con sus propias palabras, no con la mirada. Y que Jacob escuchara. Que no se riera, que no lo golpeara, que no llamara a Craig. Que escuchara. Hasta el final.
Simon lo comprendió de pronto, con una claridad absoluta y cristalina: eso era lo único que aún necesitaba de este mundo. Una conversación. El último punto pendiente. Y mientras no ocurriera, no podía. No tenía derecho. Primero, la conversación.
¿Pero cómo? Jacob no escucharía. Jacob nunca escuchaba a nadie; para qué, si el mundo ya hablaba con su voz. Así que había que hacer que escuchara. Hacer que no pudiera no escuchar. Que no pudiera irse, apartarlo, convertirlo en una broma, cerrar los dedos alrededor de su garganta.
Cómo exactamente, Simon todavía no lo sabía. El pensamiento se movía dentro de él a ciegas, pesado, sin forma, como se mueve una semilla bajo la tierra. Y ya en el borde mismo de aquel semisueño turbio y viscoso en el que por fin empezaba a hundirse, una imagen se encendió de pronto ante sus ojos: el brillo opaco del metal en la oscuridad. Y en ellos, de forma borrosa, indistinta, unas manos poderosas encadenadas por encima de la cabeza.
La imagen se apagó antes de que Simon alcanzara a entender qué había visto.
No una solución. No un plan. Solo el primer eslabón.
Por primera vez en mucho tiempo, Simon no tenía miedo del día siguiente.
Lo estaba esperando.
La pantalla se apaga.
Continuará en el próximo episodio.