La espalda encontró las taquillas antes de que Simon comprendiera que volaba.
El metal respondió con un estruendo hueco y vibrante que se lanzó por el vestuario vacío y tardó mucho en apagarse. La nuca chocó contra la puerta; el dolor le azotó desde los omóplatos hacia arriba, hasta el cuello, y por un instante se le oscureció la vista. La toalla se le resbaló de las caderas — la atrapó de nuevo con una mano, mientras la otra tanteaba el acero liso y frío en busca de un apoyo. Los pies descalzos se le escurrían sobre las baldosas mojadas. Durante varios segundos interminables se limitó a intentar mantenerse en pie y respirar — aturdido, con la cabeza zumbándole, con el corazón golpeando en algún punto de la garganta.
Y entonces levantó los ojos.
Jacob estaba a dos pasos, en el mismo sitio de siempre — y en su rostro estaba ocurriendo algo terrible. El juego perezoso, moroso, casi tierno que había mantenido durante toda la escena se le desprendía como el agua resbala del cristal, y por debajo asomaba otro rostro — duro, petrificado, con las aletas de la nariz blanqueadas y los ojos oscurecidos hasta el negro. Miraba a Simon como si lo viera por primera vez en su vida. Y como si lo que veía no tuviera derecho a existir.
Porque el juego era su juego. Las reglas las dictaba él — siempre, desde el primer día. Él decidía cuándo acercarse y cuándo soltar, cuándo golpear y cuándo casi acariciar. Y .
— ¿Qué coño estás haciendo? — La voz era baja. Llana. Casi tranquila. Y esa llaneza dejó a Simon mucho más helado por dentro que cualquier grito.
— Yo... — los labios no le obedecían. — Jacob, yo no...
— Tú. Ahora mismo. Has intentado. Besarme. — Jacob dejaba caer cada palabra por separado, con calma, como quien clava clavos. Y entonces estalló — rugió tan fuerte que las puertas de las taquillas temblaron: — Tú, maricón de mierda, ¿de verdad acabas de estirarte para besarme?
Simon se apretó contra el metal con todo el cuerpo, como si esperara atravesarlo con la espalda y desaparecer. El cuerpo reaccionó antes que la cabeza — por la vieja ciencia de casa, la del padre: paralízate. Hazte más pequeño. No lo mires a los ojos, no respondas a la furia, respira a medias. Los hombros se le encogieron solos, la barbilla hacia abajo, las rodillas cediendo, preparándose para recibir el golpe que esperaba con cada célula. Así había resistido bajo la ira ajena mil veces, y mil veces eso lo había salvado. En algún punto del fondo aún latía una esperanza lamentable, de niño: si se hacía lo bastante pequeño, lo bastante silencioso — la tormenta pasaría de largo.
— No... — logró articular. — No quería... no es lo que has pensado...
— Dilo otra vez. — Jacob dio un paso más, sin prisa, como si tuviera la eternidad por delante. — «No quería». Vamos. En voz alta. Quiero oírte mentir a la cara.
Simon calló. Nunca había sabido mentir. Y menos a él.
Jacob salvó la distancia que quedaba de una zancada, y su palma se posó sobre la garganta de Simon.
No golpeó — se posó, exactamente eso. Ancha, caliente, pesada, le envolvió casi todo el cuello: el pulgar encontró la venilla que latía bajo la piel, los demás dedos se cerraron por el costado, justo en la nuca. No apretaba de verdad — el aire pasaba, fino, con un silbido — sostenía. Sopesaba. Le dejaba sentir con toda claridad con qué facilidad esa mano podía cerrarse del todo, y disfrutaba de no cerrarla.
Y sostenía — Simon lo comprendió a través del terror, por la sola precisión del movimiento — con costumbre. Con destreza. Justo bajo la mandíbula, calculado exactamente para que al día siguiente no quedara ni una sola marca en la piel blanca.
Jacob se pegó a él por completo, aplastándolo contra las taquillas ya no solo con la mano, sino con todo su ser. Su cuerpo caliente, macizo, casi desnudo, se apretó contra el cuerpo mojado de Simon: pecho contra pecho, un muslo encajado entre sus piernas temblorosas, la piel ardiente contra la fría y húmeda. Los separaban una toalla que resbalaba y la tela fina del bañador ajeno, y esa cercanía era tan ensordecedora, tan obscenamente plena, que a Simon se le fue la cabeza. Colgaba entre la palma en su garganta y el cuerpo contra el suyo — aplastado, crucificado, incapaz de moverse — y con horror, con asco de sí mismo, sentía que la cabeza se le iba no solo por la falta de aire.
— Creía que eras un imbécil de mierda y ya está — dijo Jacob, inclinándose hasta su misma cara. Respiraba ahora con dificultad, ruidosamente; las aletas de la nariz se le dilataban. — Un imbécil raro, tembloroso, inútil. Y resulta que encima eres un pervertido. ¿De verdad decidiste que podías? ¿Que yo lo iba a permitir? ¿Que yo te necesito... — recorrió con la mirada, despacio, con burla, todo lo que mantenía aplastado contra las taquillas — ...a ti?
El pulso bajo su pulgar golpeaba — rápido, menudo, ahogado, como el de un pájaro atrapado. Jacob lo sentía con toda la palma, y de esa sensación — otra vida latiendo en su mano, el miedo ajeno transmitiéndose directo a su piel — por sus propias venas se derramaba un placer sordo, viscoso, plomizo. Empezó a respirar más hondo. Estaba a gusto. Como solo lo estaba en momentos así — cuando aquel chico temblaba, se quebraba, se desvanecía bajo sus manos — y ni Priscilla, ni el campo, ni el rugido de las gradas le daban nada ni remotamente parecido. No se detuvo a mirar de cerca aquel pensamiento, como no lo había hecho nunca. Simplemente se quedó allí y bebió el terror ajeno — con avidez, a tragos, como se bebe agua tras una larga sed. Y se prohibió notar que allí no era solo a Simon a quien se le había cortado la respiración.
Su mirada se deslizó más abajo — por el rostro pálido echado hacia atrás, por el cuello bajo su propia palma, por el pecho desnudo, por las costillas que se estremecían — y se enganchó en los moratones.
De cerca eran aún más nítidos: toda una constelación sobre la piel blanca, frescos sobre los que ya se iban, morado sobre amarillo verdoso. Los suyos Jacob los reconoció al instante — estos de aquí, en el hombro, una pulcra huella de dedos. Pero la mancha ancha de las costillas, pesada, de bordes difusos, no era suya. Craig. Su firma — golpear con arrastre, con toda la masa, sin medir la fuerza, porque no tiene con qué medirla.
Jacob miraba aquella mancha ajena sobre aquella piel, y por dentro, despacio, desde abajo, le subía una irritación — sorda, inexplicable, rabiosa. No era lástima: no sabía compadecer ni pensaba aprender. Era otro sentimiento, mucho más feo y mucho menos permisible, y no se puso a desentrañarlo. Simplemente movió la mano libre — y hundió los dedos en la mancha morada. Sin prisa. Con presión. Mirando a Simon a los ojos.
Simon se sacudió con todo el cuerpo; de su garganta atenazada se escapó un sonido fino, ahogado.
— ¿Craig? — preguntó Jacob casi con mundanidad. Y, sin esperar respuesta, ladeó un poco la cabeza: — Se pasó.
Qué era aquello — una valoración, un descontento, — no lo habría entendido nadie. Y él menos que nadie.
— Jacob... — jadeó Simon. — Por favor... no fue así...
— Ya. — Jacob se inclinó más, hasta su mismo oído, y la voz le bajó, se volvió queda, insinuante, casi tierna — y esa ternura daba más miedo que el rugido. — Pero tus ojos dicen otra cosa, pequeño. ¿Te digo lo que dicen? — El aliento caliente le abrasaba la sien. — Que ahora mismo estás dispuesto a ponerte de rodillas ante mí. Solo tendría que pedírtelo — y lo harías. Vamos. Dime que miento.
Simon apretó los párpados. Por la mejilla le resbaló, quemando, una lágrima, y tras ella una segunda.
Fue peor que un golpe. Peor que el refresco, peor que las carcajadas de todo un comedor, peor que todo lo que le habían hecho en todos aquellos años. Porque antes lo golpeaban por lo que no era — por bicho raro, por extraño, por blanco cómodo. Y ahora, por primera vez, lo golpeaban con lo que de verdad era. Lo más recóndito, lo más vergonzoso, aquello que ocultaba incluso a su propio reflejo en el espejo, Jacob lo había sacado a la luz con una sola frase — y ahora lo sostenía en la palma abierta, examinándolo con fría curiosidad, como se examina algo pequeño atrapado bajo un vaso.
Y lo más monstruoso de todo era que bajo el terror animal, bajo la vergüenza que le daban ganas de morir allí mismo, resonaba en él otra cosa — fina, sórdida, traicionera — aquello que no habría confesado a un alma viva y por lo que se odiaba más que a Jacob, a Craig y a su padre juntos. La garganta recordaba el peso de la palma ajena con algo más que miedo.
— ¿Cuánto? — preguntó Jacob de pronto. Se apartó un poco y le estudiaba ahora el rostro con una expresión nueva — fría, aguda, indagadora. — ¿Cuánto llevas mirándome así? ¿Un año? ¿Dos? — Una pausa, y más bajo: — ¿Todo este tiempo?
Simon no contestó. No hacía falta respuesta: el silencio lo dijo todo, hasta el último día.
Por el rostro de Jacob pasó un movimiento extraño — no una sonrisa, sino su sombra, torcida y oscura. Iba asimilando despacio lo que había oído, y casi se veía cómo, tras sus ojos oscurecidos, se recomponía el cuadro entero: cada vez pasada, cada trastero a oscuras, cada hora que aquel chico había callado, aguantado y obedecido — todo aquello se veía ahora de otro modo. Todo aquel tiempo. Todo aquel tiempo lo que había tenido entre las manos no había sido un simple juguete.
La puerta del vestuario retumbó contra la pared.
— ¡Eh! ¿¡Qué demonios pasa aquí!?
El entrenador.
Lo que ocurrió después Simon lo recordó casi con más nitidez que todo lo demás. Jacob lo soltó — no retiró la mano como quien es pillado in fraganti, sino que lo soltó, exactamente eso: con calma, con suavidad, con descuido, como se devuelve a un estante una cosa que se había cogido para mirar. Retrocedió un paso. Y en el segundo que tardó en girarse hacia la puerta, su rostro se recompuso por completo: la furia, el hambre oscura, la sombra torcida — todo se borró sin dejar rastro, se alisó, y al entrenador ya le sonreía el Jacob de siempre. El chico de oro. El capitán. El orgullo de la facultad. La mirada franca, un leve fastidio por la interrupción de nada, la respiración serena. Ni un solo músculo delataba que tres segundos antes esa misma mano había estado sobre la garganta de alguien.
Y aquella transformación aterró a Simon de verdad — casi más que un minuto antes. Porque de pronto comprendió, con claridad plena y definitiva: .
— Todo en orden, entrenador — dijo Jacob con ligereza. — Solo estábamos hablando.
El entrenador desvió la mirada pesada de él a Simon — mojado, aplastado contra las taquillas, con la toalla resbalada, las manos temblándole.
— ¿Simon? ¿Es así?
El silencio duró un segundo. Decir la verdad era imposible — y no solo porque no le fueran a creer, aunque tampoco le creerían. Sino porque la verdad no era sobre Jacob. La verdad era sobre él mismo — y acababan de pronunciarla en voz alta en esa misma habitación.
Simon asintió apenas.
— Vístete y fuera. — El entrenador se volvió hacia Jacob: — Y tú — al campo. Ya.
— Voy.
Pero Jacob no se fue enseguida. Sin prisa, con gusto, se acercó la bolsa, sacó el equipo y empezó a vestirse — pausado, tranquilo, como si en la sala no hubiera ni un entrenador resoplando de fastidio en la puerta, ni tiempo, ni lo que acababa de pasar. Camiseta. Pantalón. Se sentó en el banco a atarse las botas — sin prisa, con lazadas pulcras. En aquella lentitud ostentosa estaba el último recordatorio, el más gráfico: aquí manda él. Siempre él.
Al pasar junto a Simon, contuvo el paso un breve instante. No lo tocó — ahora no se podía. Solo se inclinó, lo justo para que lo oyera únicamente Simon, y dejó caer a media voz, casi con ternura:
— No hemos terminado, pequeño.
Y salió. La puerta se cerró de golpe tras él y el entrenador, cortando el ruido del pasillo.
El vestuario se quedó sordo. Solo quedaron el goteo en algún lugar de las duchas, el zumbido de las tuberías en las paredes y su propia respiración entrecortada, que no había manera de igualar. Simon seguía de pie, sujetándose a las taquillas con los omóplatos, porque las piernas se negaban a sostenerlo solas. La garganta aún recordaba la palma ajena — su peso, su calor, su terrible poder descuidado — y sabía que la recordaría aún durante mucho, mucho tiempo.
Lo peor había pasado. El secreto que había enterrado en sí mismo durante años, más hondo que todos los moratones, yacía ahora en manos ajenas.
Y qué haría Jacob con él a partir de ahora — en eso Simon no era capaz siquiera de pensar. Todavía no.
La pantalla se apaga.
Continúa en el próximo episodio.