LonelyDreamerAI The Edge of Stigma
Capítulo 11 · Temporada 1
11

Deseo

Una hora a solas en el coche — la primera en la vida de Simon. Mientras Jacob conduce tranquilo hacia la casa de campo, Simon se hunde en una fantasía con sus manos, y el recuerdo del rechazo en el vestuario corta el último hilo. Si un dios se niega a aceptar el sacrificio, el sacrificio se convierte en dios.

El zumbido acompasado del motor resultaba adormecedor. El coche atravesaba el crepúsculo cada vez más denso, alejándolos del campus; tras las ventanillas, la ciudad se volvía menos compacta, se estiraba y se disolvía en las primeras franjas de las afueras.

Durante los primeros minutos, Jacob todavía intentó hablar: del entrenador, del calendario de partidos, de esas frases de compromiso con las que se llenan los silencios incómodos. Simon respondía con monosílabos y las palabras se agotaron por sí solas. El silencio que se instaló entre ellos parecía incomodar a Jacob: jugueteaba con los controles de la calefacción y tamborileaba un dedo sobre el volante. A Simon, en cambio, le parecía perfecto. No necesitaba palabras. Necesitaba aquella hora: una hora entera a su lado, impunemente. Nunca había tenido algo así, y pensaba vivir aquella hora completa, hasta el último minuto.

The Edge of Stigma · Deseo

Simon dejó la bolsa a sus pies. Jacob señaló con la cabeza el asiento trasero, pero él no le hizo caso: sin decir nada, la bajó hasta colocarla bajo sus rodillas y la acercó todo lo posible. A través de la tela gruesa y de la manta que envolvía los eslabones, su espinilla percibía un peso frío e inmóvil. El acero viajaba con ellos y guardaba silencio.

El habitáculo era un pequeño mundo para dos. El aire cálido de la calefacción, el tenue resplandor del salpicadero, ni radio ni palabras: solo el motor y el susurro de los neumáticos.

Cada vez que Jacob cambiaba de marcha, su mano quedaba a escasos centímetros de la rodilla de Simon, y Simon sentía cada movimiento en la piel, a través de los vaqueros, como se siente la proximidad del fuego. La palanca, un esfuerzo breve, y la mano regresaba al volante. Se sorprendió esperando el siguiente cambio.

— ¿Quieres que suba la calefacción? — preguntó Jacob sin volver la cabeza. En aquella oscuridad cerrada, su voz sonó más grave de lo habitual, densa, cercana; recorrió a Simon desde la nuca hasta la parte baja de la espalda.

— Está bien así — respondió Simon. Una sola frase. En ese momento no se habría atrevido a decir más: su voz podía delatarlo.

Aun así, Jacob la subió un punto, por él mismo. Dentro del coche hizo todavía más calor y el espacio pareció estrecharse.

Y el olor. Su olor: el mismo que durante años le había nublado la cabeza a Simon; piel acalorada y algo acre, inconfundiblemente masculino. En los pasillos, Simon lo captaba al vuelo, en ráfagas, un segundo antes del golpe. Allí impregnaba todo el aire, no había forma de escapar de él, y Simon lo respiraba lenta, profundamente, como se respira algo prohibido.

Permanecía sentado con el hombro pegado a la puerta, a la mayor distancia que permitía aquel espacio angosto, contemplando el perfil de Jacob.

Nunca lo había visto tan cerca durante tanto tiempo. Siempre lo miraba a escondidas, de soslayo, dispuesto a apartar los ojos antes de que lo descubrieran. Pero ahora podía observarlo abiertamente, con impunidad: quien conduce mira la carretera. La luz suave del salpicadero se derramaba sobre el rostro de Jacob, sobre el pómulo, sobre la firme línea de la mandíbula. La nuez subió y bajó cuando tragó saliva, y aquel simple movimiento le secó la boca a Simon. El cinturón de seguridad le cruzaba el pecho en diagonal, tensando la camiseta sobre el hombro; bajo la tela, un músculo se movía con cada giro del volante, y Simon observaba ese movimiento como se contempla el fuego. Las mangas remangadas. Los antebrazos robustos, surcados de venas prominentes. Y las manos apoyadas tranquilamente sobre el volante: grandes y relajadas.

Simon conocía aquellas manos mejor que las suyas. Conocía su peso: lo había sentido en las costillas y en la nuca. Sabía cómo se cerraban aquellos dedos en torno a su garganta, sin llegar del todo, sopesando, y con qué dureza le aferraban la barbilla para obligarlo a alzar el rostro.

Durante años, aquellas manos le habían hecho daño y nunca lo habían tocado de otra manera. Nunca se habían posado en su hombro porque sí ni le habían colocado bien la capucha caída. Y, aun así, bastaba con mirarlas así, pacíficas, descansando con indolencia sobre el volante a menos de medio metro de su rodilla, para que en su interior se alzara aquel conocido calor oscuro.

Después de todo, mirar abiertamente durante demasiado tiempo era peligroso, así que Simon encontró una manera: la ventanilla lateral. En el reflejo oscuro, Jacob flotaba junto al arcén, translúcido, superpuesto a las luces que pasaban veloces, y a aquel Jacob reflejado podía contemplarlo cuanto quisiera. Y así lo hizo, con avidez, atesorando su imagen. Al Jacob real, no reflejado, solo se permitía mirarlo brevemente: .

Su rostro permanecía sereno en la penumbra. Pero bajo la piel latía un pulso rápido y sordo. El pulso de una locura absoluta que ya escapaba por completo a su control.

Su tragedia no era que Jacob lo estuviera destruyendo.

La tragedia era que Simon lo necesitaba. Cada acto de agresión, cada moratón, cada humillación funcionaban paradójicamente como un catalizador perverso: el odio y el dolor se entrelazaban con una atracción animal, primitiva, y se convertían en un . Trago a trago. Durante años. Su mente sencillamente no había soportado tanta presión, pero no se había quebrado.

Había mutado.

Su mirada volvió a quedar prendida de las manos sobre el volante, y Simon comenzó a hundirse.

El trance ascendió desde abajo como una ola pesada y ardiente que subió desde su vientre y se extendió por el pecho, el cuello y las orejas. El interior del coche se volvió borroso y, en medio de aquel calor, esas manos por fin dejaron de ser instrumentos de dolor. Se convirtieron en instrumentos de algo distinto, más antiguo e inexorable.

Allí estaban, agarrándolo por el pecho y empujándolo contra la pared con tanta fuerza que el aire escapaba de sus pulmones. No por rabia. Por derecho. El frío de los azulejos se le clavaba en los omóplatos a través de la fina tela, mientras que por delante un cuerpo caliente y pesado se apretaba contra él sin dejar el menor hueco, y Simon sentía cada músculo, cada movimiento de las costillas, cada latido de un corazón ajeno. Una mano apresaba sus dos muñecas y las elevaba por encima de su cabeza con facilidad, casi con indiferencia, como si aquello no fuera resistencia sino una cuestión ya resuelta. La otra mano se posaba sobre su garganta. No apretaba. Se limitaba a permanecer allí. El pulgar recorría lenta, casi tiernamente, la vena palpitante, y en aquel movimiento no había amenaza. Solo una afirmación: ya no te perteneces.

Una rodilla entraba entre sus piernas y las separaba con una confianza insolente. El aliento le quemaba el cuello. Los dientes encontraban el punto en la base del hombro y se cerraban, sin llegar a hacerle sangre, pero con la suficiente fuerza para dejar una marca que se viera incluso bajo la ropa. Una señal. Una reivindicación. En aquella fantasía, Simon no contenía el sonido: gemía abiertamente, porque allí, en ese espacio, podía hacerlo. Y enseguida, junto a su oído, sonaba una voz grave y ronca, casi satisfecha:

— Mío.

Simon no respondía de inmediato. La palabra se atascaba en algún lugar de su pecho, pero cuando por fin salía, sonaba fácil, casi agradecida:

— Tuyo. Por completo.

Allí podía suplicar. Allí cada «por favor» no se castigaba, sino que se aceptaba. La mano descendía por debajo del borde de la ropa hasta la piel desnuda de su vientre, y aquel simple contacto hacía que Simon se arqueara. Se disolvía. Ofrecía la garganta. Dispuesto a entregarlo todo con tal de que esa mano no se apartara.

Pero, en esa fantasía, las manos iban más lejos. Le sujetaban las muñecas con metal frío. El chasquido de las esposas resonaba en su mente, nítido y definitivo. El cuerpo perdía todo derecho. La voluntad se volvía innecesaria. Jacob no se apresuraba. Actuaba con calma, casi de manera metódica. Con una mano mantenía las muñecas esposadas por encima de su cabeza, mientras con la otra recorría lentamente su pecho, sus costillas, su vientre; no lo acariciaba, sino que lo examinaba como se examina una cosa que ya te pertenece. Los dedos desabrochaban el cinturón y bajaban la tela. Simon sentía cómo lo desvestían, sin prisas, pero también sin ternura innecesaria. Simplemente tomaban lo que ahora era suyo.

Jacob lo volvía de cara a la pared. Sus manos esposadas permanecían en alto. La rodilla volvía a entrar entre sus piernas, obligándolo a separarlas más. Una mano se posaba en su nuca y lo apretaba contra los azulejos fríos. La otra descendía, y entonces ya no quedaba ninguna barrera. Los dedos encontraban el punto más sensible y entraban con brusquedad, sin preparación, sin previo aviso. Simon se estremecía de pies a cabeza, pero no se apartaba. Empujaba hacia atrás, pidiendo más. Los dedos se movían con seguridad, profundamente, abriéndolo, preparándolo. Cada embate de los dedos era una afirmación de control. Cada vez que Simon intentaba moverse por sí mismo, la mano en su nuca lo presionaba con más fuerza.

Después los dedos salían. Y algo más grande ocupaba su lugar: caliente, pesado, inexorable. Jacob entraba en él con un único movimiento largo y dominante, sin darle tiempo para acostumbrarse. Simon gritaba, no de dolor, sino por la abrumadora sensación de sentirse lleno y de perder su última frontera. Las manos en la nuca y en la cadera lo sujetaban con firmeza. Cada movimiento siguiente era profundo, rítmico, despiadado. Jacob se lo follaba como quien toma algo que le pertenece por derecho: con calma, a conciencia, sabiendo perfectamente que Simon ya no podía ni quería resistirse.

Las muñecas esposadas le dolían por la tensión. Su cuerpo estaba pegado a la pared. Cada embate repercutía en el pecho, en la garganta, en lo más profundo del vientre. Simon ya no intentaba controlar los sonidos. Gemía, respiraba entrecortadamente, y cada «por favor» escapaba por sí solo. Jacob no respondía con palabras. Simplemente aceleraba el ritmo, lo apretaba con más fuerza y seguía tomándolo hasta que Simon comenzaba a temblar con estremecimientos pequeños e incontenibles. El orgasmo lo invadía de forma pesada, casi forzada, sin que nadie le tocara la polla: provocado únicamente por aquel ritmo, por aquella impotencia, por saber que pertenecía a Jacob total e irrevocablemente.

Jacob se corría dentro de él, profundamente, con un sonido grave y satisfecho, y permanecía en su interior unos largos segundos más, como si afirmara un último derecho de propiedad. Solo entonces salía despacio y pasaba la palma por la marca roja que su propio mordisco había dejado en el hombro de Simon.

En esa fantasía, Simon yacía pegado a la pared, esposado, usado, marcado, y sentía un vacío extraño, oscuro, casi feliz.

No sabía cuánto había durado: un minuto, diez. Hacía rato que los pinos tras la ventanilla se habían fundido en una pared oscura y continua.

Su cuerpo real lo traicionaba allí, despierto, en el asiento del copiloto. El calor descendía y se acumulaba, pesado, tirante; las mejillas le ardían tanto que parecían brillar en la oscuridad. Tenía que dosificar el aire en pequeñas bocanadas por la nariz para evitar que su respiración se quebrara en un sonido audible. Los dedos se le clavaban en las rodillas hasta blanquearse. Comenzó a removerse para cambiar de postura y se quedó inmóvil a mitad del movimiento cuando Jacob le lanzó una mirada fugaz por el retrovisor. Un segundo. Sus ojos regresaron a la carretera. Simon exhaló lenta y silenciosamente y apoyó la sien contra el cristal frío. El cristal ayudaba un poco. Jacob seguía conduciendo sin ver nada, y en aquella ceguera residía la última misericordia de esa noche.

Entonces la ilusión se hizo añicos con un estrépito ensordecedor y mudo.

La memoria hizo surgir sin piedad los azulejos fríos del vestuario. Simon volvió a sentir físicamente, en la propia piel, aquel momento: las palmas que golpeaban con fuerza su pecho; el retumbar metálico de las taquillas a su espalda; y el rostro, ni siquiera burlón, algo peor: sincera, asqueadamente repugnado. «¿¡Qué coño estás haciendo!? ¡Puto maricón! ¿¡De verdad acabas de intentar besarme!?»

El calor murió al instante, como una cerilla que se apaga en el agua. Un arroyo helado le corrió entre los omóplatos; el cuerpo que un segundo antes se derretía se enfrió hasta los huesos en dos latidos.

Aquel grito, aquel rechazo lleno de asco, se convirtió en la hoja que terminó de cortar el hilo que unía a Simon con la realidad. Jacob se había negado a ejercer poder sobre él. Le habían ofrecido todo, a Simon entero, sobre las palmas abiertas, y él lo había rechazado, se había limpiado las manos y había escupido aquella palabra entre los labios.

Simon permaneció inmóvil, mirando al frente, y esperó a que se calmara su interior. Su rostro no se alteró ni una sola vez: hacía mucho que vivía separado de todo lo demás.

La mirada de Simon descendió lentamente hacia la bolsa oscura a sus pies. A través de la tela, su espinilla todavía sentía el frío uniforme del acero. Dentro yacía su respuesta a aquel rechazo.

Si Jacob no había querido encadenarlo con sus propias manos, el guion se reescribiría. El rey perfecto e intocable del campus acabaría encadenado de todos modos. Solo que los papeles de aquella escena se invertirían: ahora sería él quien suplicara. Y, curiosamente, aquella imagen no quemaba como la primera. Se asentaba en su interior, serena y fría, como la última pieza al encajar en su sitio. Le habían arrebatado la primera fantasía, arrojándolo contra las taquillas, escupiendo aquella palabra. Esta era suya. Esta no se la podía arrebatar nadie.

La suave luz del salpicadero recortaba en la oscuridad el rostro de Jacob. El antiguo tirano parecía inusualmente tranquilo: los hombros relajados, un dedo tamborileando con pereza sobre el volante al ritmo de alguna cadencia interior. Convencido por la mentira de la casa en el campo y la cerveza, conducía hacia una conversación de la que no tenía ni idea, tranquilo, sin la menor sospecha. Durante el trayecto, él mismo casi se había calmado: la cerveza y una charla de hombre a hombre eran cosas comprensibles; el problema que iba a resolver ya parecía tener solución. Y más abajo, bajo aquella calma, ardía cálidamente lo de ayer, aquello que no reconocía: a solas. No miraba en esa dirección. Simplemente conducía y, por extraño que pareciera, se sentía casi bien.

Volvió la cabeza y se encontró con la mirada larga e inmóvil del pasajero. Sonrió con sorna, cálidamente, casi como un amigo:

— Eh, tío, ¿dónde tienes la cabeza?

Simon parpadeó lentamente. En sus ojos, mortalmente fríos e inmóviles, no se reflejaba nada: ni el calor ni la tormenta que acababa de desgarrarlo por dentro.

— Solo pienso que hace mucho que deberíamos haber hablado — respondió en voz baja.

Jacob soltó un bufido y volvió a mirar la carretera. Los faros arrancaban de la oscuridad las líneas del asfalto y los postes del arcén. La ciudad había terminado. Delante, más allá del límite de la luz, se alzaba el bosque.

La pantalla se funde a negro.

Continuará en el próximo episodio.

Comentarios